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Respuesta de un hombre famélico (o varios)

Nada tengo qué agregar al detallado dibujo de nuestra situación que ha pintado ya el Cid Mundano. Si acaso decir que aquella mujer tendida sobre la arena, pantaloncillo corto ceñido a sus caderas y cabello largo derramado sobre su espalda, conversó con nosotros y nos tomó una fotografía. Después supimos que se trataba de la Virgen de Almudena que algunas noches, frente al mediterráneo y para solaz de algunos viajeros, se aparece y los embruja; la ilusión es más fuerte si hay tinto, música y oleaje de por medio.

Ahora mismo estoy exhausto, el exceso de bienestar comienza a afectarme a tal grado que bebo cerveza en el balcón y fumo mirando hacia el mar. De vez en siempre una mujer atraviesa la acera y distraigo mis cavilaciones para mirarla. Entonces voy a la alacena y preparo unos macarrones en salsa de tomate, bebo un poco de zumo de melocotón o me doy una ducha fría para apaciguar el calor. De pronto noto que El Cid Mundano fuma y escribe en su cuarto (puede verse el resultado algunas líneas más abajo). Fatigado por el exceso de sol y playa por la mañana, casi a rastras, le pido que vayamos a algún bar (aquí hay más bares que farmacias, ha dicho él) y bebemos cerveza y con suerte, siempre es posible, conversamos con algún par de mujeres mediterráneas, doradas por el sol, huidizas y coquetas como un guiño en la penumbra, ciertas, fascinantes, faldicortas y celestes del muslo a la nuca, de labio a labio, imaginadas completamente y sin nada para agregarles, las mismas que antes por la mañana se paseaban sin sostén en una playa a no sé cuántos kilómetros de esas enchiladas.

Jonathan.
Valencia, mar y playa; tinto además.
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