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En país de tuertos, el ciego es rey

FARSA EN UN ACTO


PERSONAJES
Arcadia, 43 años.
Reinaldo, 48 años.


Una pareja de ciegos vagabundos está sentada en las escaleras que conducen a una iglesia. Reinaldo duerme recostado sobre el hombro de Arcadia. Ella agita insistentemente una brújula y se la lleva al oído. En lo alto del templo suenan ocho campanadas y Reinaldo despierta sobresaltado provocando que la brújula de Arcadia caiga al suelo.

ARCADIA: (Cubriéndose las orejas) ¡Lo perdí!

REINALDO: (Asustado) ¿Qué?

ARCADIA: (Con la palma de la mano tienta el suelo, recoge la brújula y se la coloca junto al oído) Ya no se escucha…

REINALDO: ¿Cuál perdimos? (Arcadia le acerca la brújula al oído)

ARCADIA: (Casi a punto de llorar) El único que nos quedaba: el norte.

REINALDO: (Concentrado) Efectivamente, ya no lo escucho.

Ambos personajes acercan el oído a la brújula y así se mantienen atentos un rato. Reinaldo da un gran bostezo y Arcadia se separa de él guardando la brújula en su bolso.

ARCADIA: (En tono trágico) Es horrible, ahora sólo nos tenemos a nosotros. (Histérica, tirando a Reinaldo de la camisa) Anda, dime algo…

REINALDO: (Murmurándole al oído) Tuve una pesadilla.

ARCADIA: (Imitando un tono infantil) ¿Y cómo fue?

REINALDO: Me encontraba en un bosque verde. En el horizonte se veía un repugnante arcoiris de colores.

ARCADIA: Oh, Dios mío… ¿De colores? (Asustada, se cubre la boca con las manos) ¿Todos juntos?

REINALDO: Como lo oyes, mujer. ¿Alguna vez has experimentado una visión así de horrible?

ARCADIA: (En un tono solemne, llevándose la mano al pecho) No: eres un valiente… ¿Qué sucedió después?

REINALDO: (Alzando la voz) De pronto… (Arcadia da un respingo) ¡apareció un campo lleno de flores!

ARCADIA: ¡Oh, flores! (Quitándose los lentes y cubriéndose los ojos)

REINALDO: Así es, casi me desmayo. ¡Fue verdaderamente espantoso! ¡No había ni un solo rincón oscuro! Todo era luz, color, armonía… Ni una… ni una sombra…

ARCADIA: ¡Hombre, me estás asustando!

REINALDO: Yo buscaba desesperado una covacha, algún hoyo al menos para hundir la cabeza, pero el sol, ese maldito sol…

ARCADIA: (Tapándose los oídos) ¡Ya cállate!

Arcadia saca nuevamente la brújula y la agita. Se pone de pie y da unos pasos hacia la derecha. Al detenerse intenta escuchar con la palma de la mano colocada sobre su oreja. Da unos pasos a la izquierda y hace lo mismo. Se sienta en su lugar. Bosteza y mira a todos lados.

ARCADIA: El hijo del sastre, el que vive a la vuelta de la casa, nació vidente. El pobre hombre aún no se consuela de semejante desgracia. Y para colmo…

REINALDO: (Corriegiéndola) No tenemos casa.

ARCADIA: ¡Es un decir, tonto! Así imagino que realmente tengo una. Es como… como… cuando dices: “gracias Dios mío”.

REINALDO: Ah, ya entiendo.

ARCADIA: Él ya es un hombre mayor y la mujer los abandonó cuando supo del defecto de su hijo. El niño jamás aprenderá el oficio: el pobrecito puede ver. Siempre será una carga para su padre, ¿no es cierto?

REINALDO: He sabido de locos que se miraron en un espejo y se convirtieron en filósofos. ¿Por qué alguien que desgraciadamente ve no habría de convertirse en sastre?

ARCADIA: Porque cualquiera puede alinear palabras en una hoja, pero un pantalón… por Dios, Rey, eso es algo realmente complicado.

REINALDO: (Rascándose la barbilla, parodiando el gesto de un filósofo) ¿Soportarías ver tu rostro en un espejo?

ARCADIA: (Indignada, mirándolo de soslayo) Óyeme… (Volteándole la cara por completo) Tienes una imaginación muy cruel.

REINALDO: (Exaltado, poniéndose de pie) Sí, imagina que todos pudiéramos ver. (Dejándose caer nuevamente en el asiento) ¡Qué aburrido!

ARCADIA: (Asustada, como si hubiera olvidado hacer algo) ¡Dios!, ¿en qué siglo estamos?

REINALDO: (Solemne) En el mejor.

ARCADIA: (Se queda pensativa un momento) Entonces estamos en el siglo de…

REINALDO: Del do it yourself…

ARCADIA: Del champú para la caspa…

REINALDO: Del… (Rascándose la cabeza y luego con un tono de cancioncilla) bara, bara, bara; no vea, no vea, no vea; compre, compre, compre…

ARCADIA: ¿Y qué país es éste?

REINALDO: (Solemne) También el mejor.

ARCADIA: Entonces estamos en el país…

REINALDO: (Se queda pensativo) No se me ocurre nada.

ARCADIA: En el país…

REINALDO: En el país…

ARCADIA: ¡De las maravillas!

REINALDO: Sí, sólo alguien que ve opinaría lo contrario.

ARCADIA: (Guarda silencio un momento y da un bostezo) ¿Sabes multiplicar?

REINALDO: No.

ARCADIA: ¿Cuatro por dos?

REINALDO: Ocho.

ARCADIA: ¿Dos por cuatro?

REINALDO: Ocho.

ARCADIA: Eres un inútil.

REINALDO: (Dando un respingo) Escucho algo.

ARCADIA: (Sacando la brújula) ¿Habrá regresado?

REINALDO: (Haciendo un ademán para escuchar) No, es un pájaro que canta.

ARCADIA: Los pájaros no existen, tonto.

REINALDO: Tienes razón. Es un pájaro.

ARCADIA: (Histérica, tirando al hombre de la camisa) ¿A dónde iremos?

REINALDO: (Tocándose el vientre) Tengo hambre.

ARCADIA: ¿Qué haremos?

REINALDO: Hace frío.

ARCADIA: ¿Quién velará por nosotros?

REINALDO: ¡Deja ya de quejarte!

ARCADIA: ¡Y tú deja de hacer preguntas tontas!

REINALDO: Estamos solos.

ARCADIA: Perdidos.

REINALDO: Propongo dormir.

ARCADIA: ¿Y si vuelves a tener una pesadilla?

REINALDO: Esta vez me las arreglaré para soñar con mujeres.

ARCADIA: ¿Y me serás infiel?

REINALDO: No. Sólo contigo.

ARCADIA: La realidad no necesita de nosotros (Se acomoda en el hombro de su compañero y éste a su vez en la cabeza de ella. Ambos dan un gran bostezo)

Suena una música suave. Cuando parece que han caído en un profundo sueño, se escucha el ruido de una ambulancia y llega un hombre vestido de blanco acompañado de un policía que señala a la pareja. El hombre de blanco carga un par de camisas de fuerza. Cuando los está despertando cae el telón.

Jonathan L.L.



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1 comentario

Un día que veo el sol -

Ya está. Esto lo tomo como mi más bello regalo de cumpleaños, aunque no sea así.
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