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Terror kafkiano

Ya no soy el mismo. Ahora conozco mi parte más monstruosa. Las líneas de mi educación sentimental han sufrido un terrible trastorno.

Sé perfectamente dónde está. En los angostos pasillos se respira aún el humo de su último tabaco y las más pequeñas acciones, inusitadamente, ocultan su sello. Con rencor descubro su imagen en los miles de rostros que salen a mi paso durante el día. Su gesto me persigue. Hay mucho de eterno en su ensimismamiento cotidiano. Pies y manos se ocultan detrás de su mínimo reino en dos metros cuadrados.

La padezco en horas altas de la madrugada. En los días de asueto la temo pero deseo verla pronto para desafiarla nuevamente. Mi lucha se extiende sin orilla ni final visible. Esto es sólo comparable a la febrilidad que siente el enamorado. Me detengo con fruición a repasar la idea definitiva del crimen. Pensé también en humillarme por fin y pedir disculpas. Lo pienso pero su afilada imagen vuelve a mí con más y más fuerza hasta borrar cualquier indicio de compasión o piedad. Desapareció todo lo que guardé para mejores tiempos. Su odio es el odio más perfecto. Su más hondo puñal de desprecio, la indiferencia.

Sé que allí está cuando me detengo a la entrada de la fría mole de acero y granito. Su covacha, su nido estéril. Entonces ingreso al ascensor y me elevo, como el Dante en su purgatorio, al tercer piso. Siento, bajo los párpados y en una imprecisa región del alma, la fuerza de toda su negatividad contra mí. Y allí está, frente a su instrumento de tortura encendido, con los dedos manchados de tinta y olisqueando un grasoso jamón envuelto en pan rancio. Nada puedo hacer.

Ella me envía a una región subhumana en la que viven monstruos inocentes como Samsa, la criatura de Víctor Frankestain o los licántropos. Nadie puede ayudarme. Inútilmente espero el último sello de mi trámite por fin logrado. A una burócrata le debo la muerte de mis mejores sentimientos.

Nota:

Esta pequeña prosa arreolana está dedicada a todos aquellos que, de una forma u otra, a veces con ingerencia particular y directa, y otras sólo como agentes pasivos arrastrados por la inercia de un sistema, me han hecho la vida imposible en esta ciudad. Desde el pequeño hombre del banco que no quiso regresarme mi tarjeta electrónica y mandó llamar a un policía porque mi firma era sospechosa (estuve retenido en la sucursal casi una hora), pasando por la encargada de la biblioteca que me cobra retrasos fantasma, o la mujer que inspira esta prosa y que me vetó definitivamente de cualquier aula de computación para uso gratuito en toda Ciudad Universitaria, hasta la dama de Control Escolar que jamás creyó en mi palabra de ser un estudiante por Intercambio Nacional porque, así lo dijo, ella jamás había conocido a un estudiante de intercambio que no sea extranjero y usted, finalizó, no parece extranjero (no tengo, gracias a su convincente argumento, una credencial de la UNAM).

Al sur de la Cd. de México.
Jonathan L.L.
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1 comentario

Madrid -

Se lo adverti a tu hermana! Esa especie, que por desgracia aumenta sin control, se cree la supremacía. No dudo que existan sus excepciones, pero yo esperare como Santo Tomas. Por cierto muy buena pagina! Me hace verla todos los días.
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